Juan Gelman nació el 3 de mayo de 1930 en Villa Crespo, Buenos Aires, hijo de inmigrantes judíos ucranianos. Aprendió a leer a los tres años y comenzó a escribir poemas de amor a los ocho. A los once publicó su primer poema en la revista Rojo y Negro.
Fue periodista, traductor y militante. Cofundó el grupo poético «El pan duro», integrado por jóvenes que proponían una poesía comprometida y popular. Su primer libro, Violín y otras cuestiones (1956), ya revelaba una voz inconfundible: tierna, combativa, porteña hasta los huesos.
Se lo considera uno de los más grandes poetas contemporáneos de habla hispana, y un «expresionista del dolor». A su muerte, la Presidencia de la Nación Argentina decretó tres días de duelo nacional.
La poesía de Gelman es inconfundible: mezcla ternura con furia, coloquialismo con lirismo, Buenos Aires con el universo. Inventó diminutivos imposibles, rompió la sintaxis cuando la sintaxis no alcanzaba, y convirtió el dolor en belleza sin traicionar ni al dolor ni a la belleza.
La vida política de Gelman fue tan intensa como su poesía, y las dos se alimentaron mutuamente hasta volverse inseparables. Para entender su obra madura —los libros del exilio, del dolor, de la derrota— hay que entender lo que vivió dentro de Montoneros, y lo que le costó romper.
Walsh y Gelman fueron amigos, compañeros en el diario Noticias (1974) y militantes de Montoneros. Walsh fue el primero en formular, entre fines de 1976 y comienzos de 1977, las críticas internas que después Gelman haría públicas: denunció el militarismo suicida de la conducción, el enfrentamiento de «ejército contra ejército» con las Fuerzas Armadas, y propuso diseminar a los cuadros en células autónomas para evitar las caídas en cadena provocadas por la tortura.
Las propuestas de Walsh fueron desoídas. En marzo de 1977, Walsh fue asesinado en una emboscada. Su muerte marcó profundamente a Gelman, quien le dedicó la estremecedora Nota VI: «me pregunto qué sería de la belleza de rodolfo ahora / esa belleza en vuelo lento que le iba encendiendo ojos». La voz de Walsh resonaría en la ruptura que Gelman protagonizaría dos años después.
El 22 de febrero de 1979, Gelman y Rodolfo Galimberti firmaron un comunicado lapidario contra la Conducción Nacional de Montoneros —Firmenich, Perdía, Vaca Narvaja—. Las críticas eran devastadoras: denunciaban el «resurgimiento del militarismo de cuño foquista», el «sectarismo maniático», la «burocratización de todos los niveles de la conducción» y la «ausencia absoluta de democracia interna, que yugula todos los intentos de reflexión crítica, calificándola de defección o traición».
El detonante fue la Contraofensiva: el plan de Firmenich de enviar militantes de vuelta a la Argentina, en una operación que Gelman y Galimberti consideraban suicida. La historia les dio trágicamente la razón: la casi totalidad de los militantes enviados fueron capturados, desaparecidos y asesinados. Firmenich había decretado la «seguridad del éxito»; el resultado fueron 80 compañeros más muertos.
La reacción de la cúpula montonera fue feroz: los disidentes fueron tildados de desertores y traidores. La organización publicó sus nombres legales y números de documento —un acto delator que, en plena dictadura, equivalía a una condena a muerte. Le Monde dio la primicia de la escisión; en Argentina, la censura apenas permitió un recuadro pequeño.
Años después, en Contraderrota. Montoneros y la Revolución Perdida (1987), Gelman profundizó sus críticas: «La respuesta que Montoneros da a todo eso es incorrecta, ya que empieza a practicar una política elitista y, en el fondo, antipopular». Y sobre el asesinato de Rucci, se limitó a decir «lo de Rucci» — una elipsis que dice todo sobre la incomodidad de aquellos años.
Horacio Verbitsky compartió con Gelman redacción en los diarios La Opinión, Noticias y la revista Crisis durante los años 70. Ambos eran montoneros, ambos periodistas, ambos hombres de la cultura comprometida. Después de la muerte de Gelman en 2014, Verbitsky publicó una extensa nota en Página/12 reivindicando la autocrítica de su amigo sobre Montoneros.
Pero la relación no fue siempre tan armónica. Según algunos testimonios, durante el exilio Gelman desconfiaba de Verbitsky — a quien Galimberti, amigo cercano de Gelman, «siempre habló pestes». La tensión se intensificó por la diferencia de destinos: mientras Gelman vivió trece años de exilio, Verbitsky permaneció en la Argentina de la dictadura sin ser perseguido. El debate sobre la autocrítica de los ex montoneros — si fue real o apenas «política» — sigue vivo, y el nombre de Gelman es invocado por todas las partes.
Junto a Walsh, el otro gran amigo-poeta de Gelman en Montoneros fue Francisco «Paco» Urondo, asesinado en Mendoza en 1976. Los tres — Walsh, Urondo, Gelman — formaban una tríada de escritores-militantes que creían que la poesía y la revolución eran lo mismo. De los tres, Gelman fue el único que sobrevivió. El título de su libro Valer la pena (2001) toma una frase del poema «Cada día que pasa» de Urondo.
¿Cómo se lee todo esto en sus versos? Libro a libro, la obra de Gelman es un sismógrafo de su vida política y personal:
La poesía de Gelman no fue un comentario sobre la política: fue la política hecha carne, hecha lengua, hecha silencio. Cada ruptura, cada muerte, cada traición y cada reencuentro se depositó en sus versos como ceniza volcánica. Y de esa ceniza, una y otra vez, brotó belleza.
En 1976, la dictadura militar secuestró a su hijo Marcelo y a su nuera María Claudia, embarazada de siete meses. Su nieta nació en cautiverio. Durante más de dos décadas, Gelman buscó a esa nieta con una tenacidad que se volvió símbolo de la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo. En el año 2000, la encontró en Uruguay: se llamaba Macarena.
«Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste...
Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos.
Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él.
Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande, dije.»
La obra de Gelman fue reconocida con los premios más importantes de la literatura en español, coronando una trayectoria de más de medio siglo dedicada a la poesía.
Juan Gelman no fue solamente uno de los más grandes poetas de la lengua española. Fue una voz que se negó a callar ante la injusticia, un padre que nunca dejó de buscar, un hombre que convirtió el dolor más íntimo en patrimonio de todos.
Su poesía inventó un idioma propio: diminutivos imposibles («muertitos», «huesitos»), barras que quiebran el verso cuando la emoción quiebra la voz, y un tango interior que late debajo de cada línea. Escribió sobre el amor, el exilio, los desaparecidos y Buenos Aires con la misma ternura feroz.
Cuarto argentino en recibir el Premio Cervantes —después de Borges, Sabato y Bioy Casares—, Gelman dejó una obra que es, al mismo tiempo, un monumento literario y un acto de resistencia.